Daybreakers funciona como una colección de alegorías: de la guerra por el petróleo, de las adicciones, del sida, de la inmigración, del complejo militar industrial, de la inhumanidad de los sistemas sanitarios y las industrias farmacéuticas. Sin embargo, mientras explora qué pasaría a niveles económico, político, tecnológico y militar si los vampiros se apoderaran del mundo, la película se muestra menos interesada en cualquiera de estas metáforas que en el mero diseño de un universo.
En cualquier caso, los gemelos Michael y Peter Spierig no se esfuerzan demasiado por dotarlo de identidad única --salvo por detalles como esos coches tuneados que permiten a los vampiros conducir de día–. Sus panoramas de granjas humanas parecen sacados directamente de Matrix, su estética de azules y grises metálicos evoca Underworld, esas cámaras lentas operáticas las han explotado todos los imitadores de la trilogía de los Wachowski. Y el aire de cine negro de los 40 que su mundo futuro posee es muy similar al que Alex Proyas usó en Dark City. En cualquier caso, demuestran buen ojo para inventar una sociedad plausible y decorar sus paisajes distópicos.
Es una pena que no se les dé tan bien dar vida a escenas y personajes individuales. El universo es más atractivo que lo que sucede en él. En concreto, son las secuencias de acción el verdadero talón de Aquiles de Daybreakers, persecuciones de coches y predecibles masacres que se perciben tan obligatorias como ordinarias, como si hubieran sido incluidas solo porque los directores temen que no haya público para una película de vampiros lenta y llena de diálogos en la que no hay guaperas despeinados.
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